Tres golpes secos sacudieron la puerta antes de que Tomás pudiera guardar por completo la hoja dentro de su camisa.
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Elena se quedó junto a la mesa, con el cuaderno de flores prensadas todavía abierto frente a ella, mientras Tomás se acercaba a la entrada y apoyaba una mano sobre el cerrojo.
—Quédate atrás.
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—No.
Fue una respuesta breve, pero Tomás no discutió.
Abrió apenas lo suficiente para mirar afuera y su expresión cambió.
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Era Jacinto Rivas.
El comerciante que dos días antes había dejado a Elena allí estaba cubierto de polvo, llevaba la ropa rasgada en un hombro y había regresado sin la mula con la que se había marchado.
—Déjame entrar —dijo—. Los vi.
Tomás abrió la puerta.
Jacinto pasó, respiró hondo y miró primero a Elena, como si no supiera si debía sentirse avergonzado de verla.