Porque vio mi expresión.
—¿Tú conoces a mi nieta? —pregunté.
Judith abrió la boca.
Rodney se interpuso.
—Ramona, vámonos.
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No aparté los ojos de ella.
—¿Cómo conoces a Lainey?
—Yo…
Rodney tomó mi brazo otra vez.
Esta vez lo aparté.
—No me toques.
Varias conversaciones cercanas se apagaron.
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No todo el salón.
Todavía no.
Pero suficiente.
Judith miró a Rodney.
Fue una mirada vieja.
Coordinada.
Como si llevaran años decidiendo cuál de los dos hablaba primero.
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—Ramona —dijo ella—, no sabía que vendrías.
—Eso ya lo entendí.
—No quería que te enteraras así.
Sentí que algo se hundía dentro de mí.
Rodney habló rápido.
—No hay nada de qué enterarse.
Judith lo miró.
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—Rodney.
—Cállate.
Aquella palabra cambió la cara de Judith.
No parecía amante sorprendida por una esposa.
Parecía una mujer cansada de recibir órdenes.