Ahora miraba a Dante con una mezcla de sorpresa y desconcierto.
Anna sintió que se le secaba la garganta.
Conocía la reputación del hombre que tenía delante.
Había escuchado suficiente durante sus tres meses de trabajo como para saber que no era una persona a la que convenía provocar.
Pero delante de ella estaba su hija.
Y aquel hombre acababa de sujetarla.
—Señor Moretti…
Anna apenas consiguió pronunciar las palabras.
Dante no respondió inmediatamente.
Sus ojos estaban abiertos y su respiración había cambiado.