Había ropa de invierno todavía dentro de sus empaques.
Había cobijas nuevas.
Había calentadores portátiles.
Había zapatos infantiles de varias tallas.
Había juguetes que Alejandro reconoció porque él mismo los había elegido desde aeropuertos y habitaciones de hotel durante los últimos meses.
Y había comida.
Mucha.
Paquetes cerrados, productos de despensa, cajas que nunca habían llegado al comedor familiar.
Alejandro caminó hasta una de las cajas.
La abrió.
Dentro encontró cuatro pares de pantuflas pequeñas.
Las mismas niñas que acababa de encontrar descalzas sobre un piso helado tenían zapatos nuevos guardados a menos de treinta metros.
El abogado no dijo nada durante unos segundos.
No hacía falta.
Alejandro tomó uno de los pares.
Eran para Emma.
Recordó haberlos pedido después de que ella le contara por videollamada que quería unos que no se resbalaran cuando corriera por el pasillo.