Parecía distinta.
No más joven.
No más elegante.
Sólo más auténtica.
Se quedó mirando el teléfono.
—¿No te molesta tenerlo ahí?
—No.
—¿Por qué lo guardas?
—Porque me recuerda algo que necesitaba aprender.
Después de cenar permanecimos sentados con dos tazas de café.
Afuera caía una lluvia fina.
Daniela miró sus manos.
—Papá… si esa noche hubiera ido contigo, ¿algo habría cambiado?
Pensé antes de responder.
—El techo ya estaba preparado para caer. Lo que iba a ocurrir, habría ocurrido.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Perdóname por aquella llamada.
Guardó silencio.
—Y por los cinco años anteriores.
Asentí.
—Acepto tus disculpas.
No dije “no pasa nada”.
Porque sí había pasado.
Y perdonar a alguien no significa fingir que nunca te hirió.
Daniela respiró profundamente.
—¿Entonces qué hacemos ahora?
Miré el teléfono roto detrás del cristal.