Mi cama volvió a su lugar. Mis llaves volvieron solo a mis manos. Mi paz volvió poco a poco, como vuelve la luz después de una tormenta fuerte.
Y si alguien me pregunta si me arrepiento de haber cerrado esa puerta, respondo sin bajar la mirada: no. Me arrepiento de no haberla cerrado antes.
Porque aquel jueves no perdí a mi familia. Descubrí quiénes estaban usando ese nombre para quitarme lo mío.
Y desde entonces, nadie volvió a entrar a mi casa sin mi permiso.