Llegué a mi casa después de tres días de trabajo y encontré mi cama tirada en la banqueta, como si fuera basura; mi cuñado estaba instalándose en mi recámara principal mientras mi hermana lo apoyaba en silencio. Me ordenaron irme porque, según ellos, ahora la casa les pertenecía… pero esa tarde descubrí que la familia también puede convertirse en invasora.

—¿Qué haces en mi recámara? ¿Por qué mi cama está en la calle?

Héctor dejó el desarmador sobre el buró.

—Mira, no te alteres. Patricia y yo volvimos. Ya somos familia otra vez. Entonces voy a mudarme aquí oficialmente.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué dijiste?

—Necesitamos la recámara principal. Somos pareja. Los niños necesitan vernos juntos. Tú puedes usar el cuarto chico o el sofá. Al fin y al cabo estás solo.

Por un segundo pensé que estaba bromeando. Pero su cara no tenía humor. Tenía descaro.

—Sacaste mi cama de mi casa.

—Tu cama ocupaba mucho espacio.

Patricia apareció detrás de él. Tenía las manos juntas, como si fuera a rezar.

—Andrés, por favor, déjame explicarte.

—Explícame por qué este parásito está instalándose en mi cuarto.

Héctor dio un paso hacia mí.

—Cuida tus palabras.

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