Pero sí podía hacer algo desde ese momento.
Podía creerla.
Podía escucharla antes de pedirle pruebas.
Podía enseñarle que su cuerpo no era una molestia, que pedir ayuda no era provocar una pelea y que ninguna adolescente debía proteger la comodidad de los adultos a costa de su propia salud.
Y aquella fue la verdad que Claudia terminó guardando por encima de cualquier informe médico: proteger a una hija no significa prometerle que nunca sentirá dolor.
Significa construir una casa en la que jamás tenga miedo de decir que le duele.