Después pasó 11 años queriéndome, aunque le daba demasiada vergüenza decirme por qué mi nombre le había sonado familiar la noche que nos conocimos.
Ojalá me lo hubiera dicho.
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Ojalá me hubiera defendido con más fuerza.
Pero los deseos no reescriben las historias familiares.
La verdad a veces llega tarde.
A veces, después de los funerales.
Y a veces dentro de una caja metálica con una vieja cerradura de latón.