Lucía fue a la oficina de su marido a tomar un café, sin imaginar que la nueva secretaria la abofetearía delante de todos, gritando: “¡Es mi marido!”. Pero esa bofetada fue solo el comienzo de una verdad mucho más oscura. Entre una firma falsificada, una carta de renuncia preparada a sus espaldas, una notaría en Madrid y una empresa que intentaban apoderarse, se reveló un plan secreto mucho mayor. Lucía tendría que elegir entre hundirse en la humillación o recuperar su honor, su dignidad y el control sobre todo lo que había construido a lo largo de los años.

La realidad empresarial era mucho más aburrida.

Había que revisar facturas una por una.

Comparar correos.

Identificar qué clientes habían recibido propuestas duplicadas.

Distinguir información confidencial de contactos públicos.

Revisar accesos digitales.

Separar decisiones discutibles de conductas realmente contrarias a los intereses sociales.

Don Esteban repetía una frase.

—Que algo sea desagradable no significa automáticamente que sea ilegal.

Lucía empezó a odiarla.

Precisamente porque la protegía de exagerar.

Por ejemplo, Javier había llevado clientes a comidas con Paula.

Eso podía ser normal.

También había pedido a Paula diseños para proyectos antiguos.

Eso tampoco demostraba desvío.

El problema aparecía cuando esos proyectos terminaban presupuestados mediante Montalvo Ferrer utilizando mediciones, costes y proveedores desarrollados por Montalvo Salcedo.

Nerea encontró seis casos suficientemente claros.

No eran docenas.

No necesitaban serlo.

Representaban una práctica.

El proyecto de mayor riesgo era la rehabilitación de un edificio próximo al Retiro.

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