PARTE 2: Julián subió con el celular todavía en la mano. No se hizo el sorprendido. Traía una cerveza a medias y la playera sudada.
—Un asilo de los buenos cuesta veinte mil, Lucha —me dijo, como si me estuviera haciendo un favor—. Aquí la tengo en su casa, con su gente, con su Virgen. ¿Qué más quieres? Te ahorré dinero.
Le dio una patadita a la cubeta y el agua jabonosa se me metió entre los tenis blancos de gringa que me había comprado para venir. Mi mamá siguió tallando, con la cabeza agachada. No dijo nada.
Le grité que la casa era de mi mamá. Que esos recibos eran falsos. Que Griselda había estrenado refri con mi dinero y le había hecho fiesta de quince a su hija con banda y todo, mientras mi mamá cobraba noventa pesos la docena.
Él se encogió de hombros.
—La casa ya no es de mi amá, Lucha. Se la escrituró a mi nombre cuando le dio el susto del azúcar, ¿no te acuerdas? Tú estabas allá limpiando casas en Chicago. Yo estaba aquí llevándola al centro de salud a las tres de la mañana. ¿Quién la cuidó? Yo.
Sentí que el sol de la azotea me quemaba la nuca. Si lo denunciaba, si armaba un escándalo en el pueblo y lo llevaba con el delegado, mi mamá se quedaba sin techo. Si me callaba, seguiría lavando calzones ajenos a sus setenta y ocho años para pagarle renta a su propio hijo.
Mi hijo Erick llegó a esa hora de la secundaria. Me vio y se quedó parado en la escalera, con la mochila colgando.
—¿A poco sí vino, amá? Mi tío dijo que no venía hasta diciembre.
Erick nunca había ido al asilo porque mi hermano le decía que su abuelita se ponía mal con las visitas, que se descompensaba. A él también lo habían engañado desde niño.
En la tarde la ayudé a tender. Me enseñó otra vez a tallar los cuellos con el cepillo de raíz, como cuando yo tenía ocho años, y se rió de mis tenis de gringa. "Ya pareces gabacha de verdad", me dijo. Por un rato fuimos nomás dos señoras tendiendo ropa bajo el sol de Zacatecas. Los chocolates que traje para las enfermeras se derritieron en la maleta, haciendo un charco café espeso.
A las siete, Julián le subió un plato de frijoles y se lo dejó en el suelo, junto a la cubeta, como si fuera un perro. Ni una silla. Ni una mesa.
Debajo del catre, en una lata de galletas Marías toda oxidada, mi mamá guardaba unos papelitos doblados, uno por mes, con la letra de Julián: "Recibí de mi madre $1,500 por el cuarto de azotea". Cuarenta y ocho papelitos. Cuarenta y ocho meses. Mi mamá le pagaba renta a su hijo, en la azotea de su propia casa, con lo que ganaba lavando ropa ajena a noventa pesos la docena.
Esa noche nos sentamos en el catre, con la parrilla prendida para el frío. La azotea olía a cloro y a chocolate derretido. Le agarré las manos rajadas y le pregunté lo que no me atrevía desde que llegué:
—¿Usted sabía lo de los doce mil, amá?
Siguió doblando calcetines, de dos en dos, sin mirarme.
—Sí, mija.
—¿Desde cuándo?
—Desde el primero.
Y entonces supe que mi mamá había cuidado la mentira de su propio hijo para que no la corriera, y que yo no era la víctima principal de esta historia. Le quité el calcetín de las manos y le dije: ¿Y por qué no me dijo nada? Ella me miró con esos ojos cansados y me contestó algo que me dejó helada, mientras en la escalera se escuchaban los pasos de Julián subiendo otra vez, oliendo a cerveza.