Al crecer, nadie nos elegía. Nadie miraba a la niña asustada o al niño en silla de ruedas y decía: "Ése. Yo quiero a ése".
Pero algún hombre que apenas recordábamos vio quién era Noah y decidió que la bondad merecía ser recompensada.
Finalmente.
Al crecer, nadie nos elegía. Nadie miraba a la niña asustada o al niño en silla de ruedas y decía: "Ése. Yo quiero a ése".
Pero algún hombre que apenas recordábamos vio quién era Noah y decidió que la bondad merecía ser recompensada.
Finalmente.