Lo abracé, le besé la cabeza y sonreí.
—Sí, Caleb —susurré mientras la luz del fuego bailaba por toda la habitación—. Era el mejor tipo de ángel de la guarda que existe.
EPÍLOGO: EL JARDÍN AL ATARDECER
Dos años después de la muerte de Arthur Pendelton, el sol descendía lentamente sobre los acantilados de la finca costera, pintando el cielo de intensos tonos dorados, ámbar y violetas.
Las olas rompían de forma constante contra las rocas, mientras una fresca brisa salada hacía moverse las hortensias de la terraza de piedra.
En el centro del jardín había un sencillo y elegante banco de mármol blanco.
Sobre él podía leerse una única frase:
Arthur Pendelton (1943–2024)
«El amor no es algo que se compra ni se hereda. Es algo que se protege.»
Estaba sentada en aquel banco con una taza caliente de infusión entre las manos, contemplando cómo la luz dorada se extendía por el césped.