Durante la entrevista, Lucía tardó unos segundos en reconocerme... o mejor dicho, no en reconocerme.
Llevaba un vestido de punto beige y zapatillas caras, con el pelo rubio atado en una cola de caballo alta. Siempre fue hermosa, pero había algo nuevo en su forma de mirar a la gente: una dureza práctica, una impaciencia que una vez escondió detrás de una risa nerviosa.
“Ana, ¿es eso?” Preguntó hojeando mi falso CV. ¿Has trabajado con niños?
—Sí, señora —respondí—, la voz controlada, neutral, un poco más grave. En una casa en Castellón. Dos chicas.
Javier apareció poco después, el teléfono se pegó a la oreja, dándome poco más que una mirada rápida. Yo, por otro lado, sentí la repentina conmoción de verlo de nuevo: la mandíbula afeitada de cerca, el reloj que le había ofrecido para nuestro primer cumpleaños, la camisa blanca prístina.