Fue una sonrisa pequeña.
Casi tímida.
Y me dolió más de lo que esperaba.
—Buenos días —susurró.
Aparté la mirada.
—Buenos días.
El silencio entre nosotros se sentía completamente distinto al de la noche anterior.
La noche anterior había estado llena de confesiones.
Disculpas.
Lágrimas.
Luego un beso se había convertido en otro.
Y de algún modo, en algún punto entre el enojo y los recuerdos, habíamos terminado nuevamente en la misma cama.
Me había dicho a mí misma que solo sería una noche.
Pero allí, acostada a su lado por la mañana, ya sabía que me había mentido.
Todavía lo amaba.
Quizás siempre lo había amado.
Daniel se incorporó.
—Laura…
La manera en que dijo mi nombre hizo que algo dentro de mí se tensara.
—¿Qué?
Miró sus manos.