Sentí que las piernas me fallaban.
Mi padre se acercó y me tomó de la mano.
—Emily tiene dislexia —dijo—. Lo noté hace varios meses. Tenía miedo de contártelo porque te escuchó decir varias veces que leería mejor si prestara más atención.
Sentí un nudo en la garganta.
Era cierto. Yo había dicho esas palabras.
Resultó que mi padre llevaba meses trabajando con ella todas las noches mediante métodos especiales de enseñanza. Se había puesto en contacto con una antigua compañera que era especialista en dificultades del aprendizaje, había estudiado materiales sobre la dislexia e incluso había preparado tarjetas de colores para ayudar a Emily a distinguir las letras con mayor facilidad.
Mi hija se acercó a mí.
—Mamá, no quería que pensaras que era tonta.
Al escuchar esas palabras, me senté en el suelo y rompí a llorar.