Una pausa.
Sus ojos se endurecieron.
Y entonces
lo hizo.
Tomó el plato de sopa que tenía al lado.
Y lo volcó sobre mí.
Directo.
Sin dudar.
El líquido caliente me golpeó como una bofetada.
Y la mesa… estalló en risas.
Regresé al presente.
Ahí estaba yo.
Empapada.
Grabada.
Humillada.
Pero ya no callada.
Bajé la mano lentamente.
Miré a Camila.
Y sonreí.
No una sonrisa grande.
No amable.
Una pequeña.
Tranquila.
Que no encajaba con la escena.
Ella frunció el ceño.
—¿Qué te pasa?
Incliné ligeramente la cabeza.
—Nada —dije en voz baja—. Solo estaba pensando…
Tomé una servilleta. Me limpié el rostro con calma.
Luego levanté la mirada, fija en ella.
—…que ojalá hayas disfrutado tu cumpleaños.
Una pausa.
—Porque mañana… puede que ya no tengas nada que celebrar.
La risa en la mesa se fue apagando poco a poco.
Diego me miró.
—¿Qué significa eso?
No respondí.
Solo giré, caminé hacia la cocina, dejando atrás
el murmullo creciente.
Pero dentro de mí, algo ya estaba en marcha.
Algo que llevaba años formándose.
Y esta vez…
no pensaba detenerlo.
La puerta de la cocina se cerró detrás de mí con un golpe seco que, por primera vez en cinco años, no me hizo encoger los hombros. Afuera, las voces empezaron a subir de tono, primero en murmullos, luego en preguntas incómodas, en ese tipo de ruido que aparece cuando alguien dice algo que no encaja con el guion.
Apoyé las manos en el borde del fregadero. El agua seguía goteando. Abrí la llave y dejé que corriera, como si el sonido pudiera limpiar lo que acababa de pasar.
Pero no.
El olor seguía ahí.
El calor pegado a la piel.
Y la risa… todavía resonando.
Cerré los ojos un segundo.
Cinco años.
Cinco años tragándome todo.
Y aun así… cuando levanté la mirada en el reflejo