Cuando volví del aeropuerto, la casa estaba en silencio. En una repisa del salón seguía nuestra foto de boda. Adrián sonreía mientras me tomaba de la mano.
La observé unos segundos. La mujer de aquella fotografía pensaba que se había casado con su mejor amigo.
Guardé la imagen en un cajón y entré en el despacho. Allí estaban los documentos preparados con mi abogada. El proceso para proteger los fondos heredados ya estaba en marcha, conforme a los procedimientos legales, y las demás cuentas quedarían sujetas a revisión.
Firmé los papeles y confirmé que quería iniciar oficialmente el divorcio.
Entonces vibró mi teléfono.
«Ya llegué, cariño. Todo va de maravilla. Te extraño».
No contesté. Poco después, apareció otro mensaje:
«Clara, el banco me ha avisado de un cambio. ¿Has hecho algo con nuestras finanzas?»
Por primera vez en días, sonreí.