Sebastián se puso de pie de golpe.
La silla raspó el suelo.
—Voy a matarlo.
—No.
—Elena…
—No.
Mi nombre antes de casarme.
Elena Monroe.
En casa de los Keller casi nadie lo usaba.
Para ellos yo era “la esposa de Adrián”.
“La nuera”.
“La que no aportó nada”.
“La chica que tuvo suerte”.
Escuchar mi nombre de boca de mi hermano fue como volver a encontrar una parte de mí en medio de los escombros.
—Sebastián, si vas ahora, les das una escena. Y eso es lo que quieren.
—¿Entonces qué quieres hacer?
Me limpié los labios con una servilleta.
—Esperar.
Él frunció el ceño.
—¿Esperar qué?
—A que Adrián abra los armarios.
Mi hermano me miró en silencio.
Entonces, poco a poco, entendió.
La furia en su rostro fue reemplazada por algo más frío.
—¿Qué hiciste?
Dejé la cuchara sobre el tazón.