Aprendí sus costumbres.
Sus comidas.
Sus horarios.
Sus silencios.
Recibía invitados.
Organizaba cenas.
Elegía regalos para socios que ni siquiera sabían mi nombre.
Cuando Adrián olvidaba aniversarios, yo preparaba una sonrisa.
Cuando su madre me criticaba, yo bajaba la cabeza.
Cuando su hermana Clara se burlaba de mi ropa, yo fingía no escuchar.
Cada humillación venía envuelta en una frase.
—Lo decimos por tu bien.
—Tienes que mejorar.
—Ahora eres una Keller.
Pero nunca fui una Keller.
Solo era una Monroe actuando demasiado bien el papel de una mujer agradecida.
El segundo año, Adrián empezó a llegar tarde.
No por otra mujer.
Al menos no al principio.
Era peor.
Llegaba tarde porque no quería volver.
La casa era para él un hotel donde yo debía estar disponible.
La cena lista.
La ropa preparada.
El baño caliente.
La sonrisa suave.