—Yo estaba allí, Adrián.
Abrió la boca.
No pudo sostenerme la mirada.
—No sabía que fue tan grave.
—No quisiste saber.
El silencio cayó entre nosotros.
Más frío que cualquier insulto.
—Elena, los proyectos Keller dependen de acuerdos que tu familia está retirando. Hay empleados. Hay proveedores. Hay mucho en juego.
—Qué curioso. Cuando me echaste sin teléfono ni dinero, no parecías preocupado por la estabilidad de nadie.
—No mezcles las cosas.
—No las mezclo. Las ordeno.
Me acerqué un poco al portón.
—Mi familia no está atacando la tuya. Solo dejó de protegerla.
Adrián apretó los barrotes con ambas manos.
—Lo hiciste para vengarte.
—No. Si quisiera vengarme, habría salido de esa casa con cada joya que me regalaste y una cámara transmitiendo en vivo. Me fui sin nada. Exactamente como pediste.
Eso lo golpeó.
Vi cómo tragaba saliva.
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