Desde la casa vecina llegaba un sonido lejano de piano.
Di un paso hacia afuera.
Llevaba ropa de casa.
Zapatillas gastadas.
Sin teléfono.
Sin cartera.
Sin llaves.
Sin documentos.
Sin joyas.
Sin nada que demostrara que alguna vez fui “la señora Keller”.
Me fui exactamente como él ordenó.
Con las manos vacías.
La puerta se cerró detrás de mí con un golpe seco.
Adentro quedaron sus insultos.
La risa de Clara.
El eco de una casa donde nunca fui amada.
Me quedé unos segundos en los escalones.
El sol tocó mi rostro.
Respiré profundamente.
El aire olía a hierba fresca y tierra húmeda.
Muy agradable.
Entonces empecé a caminar.
Paso a paso.
Por la avenida interna del vecindario privado.
Mis zapatillas casi no hacían ruido sobre el asfalto.
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Al pasar frente a una ventana, vi una sombra moverse. Algún vecino había presenciado la escena.
No me importó.
Seguí caminando.
En la caseta de seguridad, el guardia joven levantó la cabeza al verme.
—¿Señora Keller? ¿Está usted…?
Su mirada cayó sobre mi ropa y mis manos vacías.
Le sonreí.
—Voy a salir un momento.
No expliqué nada más.
El portón automático se abrió.
Afuera, la avenida principal estaba llena de autos.
Me detuve junto a la acera y miré el tráfico con calma.
Como si estuviera esperando un autobús.
Pero en realidad, estaba contando.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Cinco.
Seis.
Siete.
Un auto negro se detuvo frente a mí.
La ventanilla bajó lentamente.
Detrás del volante apareció un hombre con lentes oscuros.
Mi hermano mayor.
Sebastián Monroe.
Su mandíbula estaba tensa.
Cuando vio mi ropa, mis manos vacías y mis pies en zapatillas de casa, su mirada se oscureció.
—Sube.
Abrí la puerta y me senté en el asiento del copiloto.
El aire acondicionado estaba frío.
Mis brazos se llenaron de piel de gallina.
Sebastián no arrancó de inmediato.
Se quitó los lentes y me miró.
—¿Te dejó salir así?
Su voz estaba baja.
Pero temblaba de rabia.
Me abroché el cinturón.
—Sí.
—¿Dónde está tu teléfono?
—Se lo quedó.
—¿Tu cartera? ¿Tus llaves? ¿Tus documentos?
Miré por la ventana.
—No los traje.
—¿Por qué?
—Dijo que nada de la casa Keller podía salir conmigo.
Sebastián golpeó el volante.