Nadie habló.
Arturo lo miró como si acabara de recibir una bofetada.
—Cállate.
—Ya no —respondió Ricardo.
Yo observé a mi esposo intentando entender qué estaba sucediendo.
—¿Qué sabes?
Ricardo respiró profundamente.
—Hace meses escuché a mi papá discutir con Salvador sobre unos consentimientos que faltaban para mover unas propiedades. Dijeron que detener la operación costaría demasiado dinero.
Salvador reaccionó de inmediato.
—Ricardo, te recomiendo tener mucho cuidado con lo que estás diciendo.
—¿Cuidado? —Mauricio explotó—. ¿Ahora resulta que todos tenemos que tener cuidado menos ellos?
Arturo señaló a Ricardo.
—No sabes de qué estás hablando.
Pero ya era demasiado tarde.
La familia que había llegado para intimidarme ahora se estaba rompiendo en la banqueta de la casa de mi hermana.
No sentí satisfacción.
Sentí confirmación.
Ximena me había insistido en no convertir aquello en una pelea emocional.
Por eso no discutí más.