En palabras sencillas:
alguien había firmado por mí.
Entonces apareció el primer giro que no esperaba.
Ximena descubrió que mi firma no era necesaria únicamente como una formalidad bancaria. Años atrás, durante una reorganización patrimonial de Desarrollos Altavista, Ricardo y yo habíamos quedado relacionados legalmente con ciertas garantías de la empresa.
Mi consentimiento había permitido mover un terreno en Zapopan desde una sociedad familiar hacia otra compañía controlada por mi suegro, Arturo, y uno de sus socios.
—Mariana —me dijo Ximena—, esto ya no es solamente tu matrimonio. Si el documento se utilizó para modificar derechos sobre un inmueble y respaldar operaciones financieras, la familia tiene un problema mucho más serio.
Nadie habló.
Arturo lo miró como si acabara de recibir una bofetada.
—Cállate.
—Ya no —respondió Ricardo.
Yo observé a mi esposo intentando entender qué estaba sucediendo.
—¿Qué sabes?