Pero ya no me despertaba preguntándome por qué no era suficiente para el hombre que me había prometido que me amaría.
Ya no miraba el reloj esperando escuchar pasos detrás de la puerta.
Y ya no confundía la presencia de alguien en mi vida con una prueba de que esa persona me valoraba.
Besé a Sophie en la frente.
—Sí —le respondí a mi madre—. Ya estoy mejor.
Aquella noche, cuando todos se fueron a casa, acosté a Sophie en su cuna y me senté sola en la silenciosa sala de estar.
Mi anillo de matrimonio estaba guardado en una pequeña caja dentro de un cajón.
Lo saqué y lo hice girar entre mis dedos.
Por un momento recordé el día de nuestra boda: las flores, la música, los votos y la seguridad con la que dije que sí.
No sentí odio hacia la mujer que yo era entonces.