Mi esposo perdió su teléfono ayer, así que cuando un desconocido me llamó desde su número esta mañana, sentí un alivio inmediato.

Parte 2:
El hombre no intentó convencerme de nada. Solo señaló el teléfono y repitió con calma el detalle que acababa de contarme, dejando claro que recordaba perfectamente el momento en que lo había encontrado.
Yo ya no estaba pensando en el aparato perdido.
Estaba pensando en Marcus.
En lo nervioso que había llegado la tarde anterior. En cómo había recorrido la sala una y otra vez. En la insistencia con la que decía que el teléfono tenía que haberse extraviado entre el trabajo y el gimnasio.
—Gracias —le dije al desconocido.
Esta vez mi voz sonó distinta.
Él asintió, regresó a su coche y se fue.
Me quedé con el teléfono de Marcus entre las manos.
No quise abrir nada ni revisar conversaciones a escondidas. El problema ya no era lo que pudiera guardar el aparato. El problema era que la explicación de mi esposo no coincidía con el lugar donde otra persona aseguraba haberlo encontrado.
Así que llevé el teléfono conmigo hasta la mesa y lo dejé frente a mi silla.
Pensé en llamarlo de inmediato.
No lo hice.
Preferí esperar a que volviera y preguntárselo mirándolo a los ojos.
Pero cuando el teléfono recibió una nueva señal y la pantalla se iluminó frente a mí, apareció algo que cambió por completo la pregunta que pensaba hacerle esa noche.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *