Aquella duda respondió a la pregunta.
Miré mis manos.
Algo dentro de mí se rompió.
No de manera ruidosa.
No de manera dramática.
Simplemente se rompió.
“Pensé que nos extrañabas”, susurré.
“Mamá, sí los extraño.”
“¿Estarías aquí si nunca hubieras encontrado esos documentos?”
Me miró fijamente.
Esperé.
No pudo responder.
Mi esposo se recostó en la silla.
Durante años lo había visto perdonar a nuestro hijo por casi todo.
Malas decisiones.
Promesas rotas.
Dinero prestado que nunca devolvió.
Visitas canceladas en el último momento.
Pero aquella tarde, algo en su rostro había cambiado.
“Supusiste que esta casa acabaría siendo tuya”, dijo.
Nuestro hijo apartó la mirada.
“Soy su único hijo.”
“Eso no responde a mi pregunta.”
“Pensé que algún día…”
“Exactamente.”
Mi esposo asintió.
“Pensaste que algún día moriríamos y que todo lo que habíamos construido durante cuarenta años simplemente pasaría a ser tuyo.”