—Oye… —dijo Mateo suavemente—. Es mi dibujo.
Camila miró la hoja manchada.
—Pues no pongas basura en el piso.
Mateo intentó sacar el cuaderno de debajo de su zapato.
Camila presionó más fuerte hasta romper la hoja.
—Camila, aléjate de él —le advertí.
Lorena golpeó la mesa.
—No le hables así a mi hija. Mejor enséñale al tuyo a no estorbar.
Mateo trató de recoger sus lápices.
Entonces Camila lo sujetó del brazo.
—¡Te dije que te quitaras!
Lo jaló con fuerza y lo lanzó contra la pesada mesa de madera.
El sonido fue seco y espantoso.
Mateo cayó gritando.
Su brazo se veía deformado.
Y mientras yo pedía desesperadamente una ambulancia, escuché a mi padre decir algo que jamás olvidaré:
—Si llega la policía, todos diremos que el niño se cayó solo.
Fue entonces cuando dejé de preocuparme por mantener unida a aquella familia.