Los teléfonos de trabajo, bitácoras y archivos relacionados con mantenimiento debían conservarse tal como estaban.
No estaba declarando culpable a nadie.
Precisamente por eso necesitábamos saber qué había ocurrido antes de sacar conclusiones.
Mauricio me siguió hacia una pequeña sala de juntas.
—Sandra.
Seguí caminando.
—Sandra, espérame.
Cerró la puerta detrás de nosotros.
Su actitud cambió inmediatamente.
Ya no estaba actuando para la tripulación.
—No sabes lo que estás haciendo.
Lo miré.
—Explícame.
—Esas hojas no significan nada.
—Entonces no tienes nada que temer.
Apretó la mandíbula.
—Vas a destruir mi carrera por un error de captura.
—Si es un error de captura, la revisión lo demostrará.
Golpeó la mesa con la palma.
—¡Siempre quisiste esto!
Ahí estaba.
No hablábamos de documentos.
Hablábamos de treinta años.
—¿Esto qué?
—Demostrar que eres mejor que yo.