Al principio, todo había parecido perfecto.
Él le dijo que por fin eran libres.
Le compró comida, prometió que empezarían una nueva vida y repetía que pronto sus padres “entenderían”.
Pero luego su comportamiento cambió.
Le quitó el teléfono.
No quería que saliera sola.
Cada vez que ella preguntaba por volver a casa, él se enfadaba.
El peor momento llegó cuando encontró
otro teléfono escondido dentro de su bolso.
Había mensajes con varias chicas.
Una tenía quince años.
Otra, diecisiete.
Las mismas palabras que una vez le había enviado a mi hija aparecían de nuevo.
“Eres diferente.”
“Eres madura.”
“Tus padres no te entienden.”
“Puedo darte una vida mejor.”
Mi hija finalmente comprendió.
Nunca había sido especial para él.
Solo había estado siguiendo un patrón.
— Mamá, volverá pronto.
Su voz temblaba.
— Por favor, encuéntrenme.