Margaret intentó interrumpirlo.
—Robert, por favor…
Pero él continuó.
—La semana pasada, Margaret decidió mudarse a otro estado porque creía que aquí nadie la quería.
En ese momento, Emily exclamó de repente:
—¡Pero yo le dije que podía vivir con nosotros!
La habitación quedó en silencio.
Mi hija me miró.
—Mamá, tú siempre dices que ser una familia significa no dejar nunca a nadie solo. Y la abuela está muy solita.
Miré a Margaret.
Las lágrimas le corrían por el rostro.
Aquella mujer había perdido a su hijo sin haber tenido jamás la oportunidad de reconciliarse con él.
Durante años había vivido convencida de que su único hijo había muerto odiándola.
Y ahora, frente a ella, estaba una niña con los ojos de Mike, su misma sonrisa e incluso su misma risa.
Me acerqué.
—Margaret, no puedo devolverle a su hijo.