El vestido bonito dejó de parecer un traje para una ocasión especial.
Solo era ropa que una niña cansada quería quitarse.
Una hora después recibí un mensaje de Ryan.
La boda había sido suspendida.
No cancelada.
Suspendida.
Me pidió que no hablara con nadie sobre lo ocurrido hasta que él y Lina decidieran qué hacer.
No respondí.
Minutos después llegó otro mensaje.
Esta vez era de Lina.
Decía que jamás había querido hacerle daño a Amelia y que todo se había salido de control.
Tampoco respondí.
Esa noche, sin embargo, Ryan llamó para hablar con nuestra hija.
Le pregunté a Amelia si quería contestar.
—Sí.
Le entregué el teléfono y me fui a la cocina para darle privacidad.
No escuché toda la conversación.
Solo algunas frases.
—No, papá.
Una pausa.
—No quiero llamarla mamá.
Otra pausa.