Ninguno recordaba nada.
Pero Mateo tiró suavemente de mi manga.
—Mamá…
—¿Qué pasa?
Señaló una de las fotografías que había caído del sobre amarillo.
La volteé.
En el reverso había una fecha escrita a mano.
14 de septiembre de 1998.
Y debajo, cinco palabras:
“Pregúntenle a Patricia por Guadalajara.”
Alejandro me miró.
Yo lo miré a él.
Entonces comprendimos que el supuesto romance, los millones desaparecidos y las firmas falsas quizá solo eran la capa más reciente de un secreto que nuestras madres habían enterrado casi treinta años atrás.
Y la única persona que podía explicarlo estaba ahora con Roberto.