Mi madrastra organizó mi boda con un supuesto indigente y, mientras mi hermana se reía, dijo: “Ahora sabrás lo que realmente vales”. Yo no discutí; guardé la carta de mi madre y seguí a mi marido hasta una casa junto al bosque. A la mañana siguiente un hombre de traje llegó con cuatro camionetas y lo llamó “señor” delante de todos… entonces mi padre palideció.

PARTE 2
La casa donde vivía Gael estaba detrás de un viejo aserradero, entre pinos y caminos de terracería. Tenía una sola habitación, una estufa de leña y dos ventanas pequeñas. Pero algo no encajaba. En un estante había libros de economía, ingeniería y administración. Sobre la mesa descansaba una computadora demasiado costosa para alguien que, según Lorena, sobrevivía cargando troncos por unos cuantos pesos. —La computadora es prestada —dijo Gael. —Claro. Igual que los tres mil millones. Me miró sin sorpresa. —Alcanzó a leer el mensaje. —Mi familia ya decidió demasiado por mí. No empieces tú también. No respondió. Esa noche me cedió la habitación y durmió en un pequeño taller. No intentó tocarme ni exigió comportamientos de esposa. A la mañana siguiente encontré mi zapato reparado junto a la puerta. Una anciana llamada doña Amalia llegó con tortillas, frijoles, queso y una olla de café. Cuando saqué la lanzadera de latón de mi madre, se quedó blanca. —¿Dónde conseguiste eso? —Era de mi mamá, Elena Villaseñor. La mujer miró inmediatamente a Gael. Ese silencio me dijo más que cualquier respuesta. —Ustedes sabían quién era yo antes de la boda. Gael admitió que conocía mi nombre, pero se negó a explicar más. Me enfurecí. Dos días después descubrí algo aún peor. Gael salió al taller para atender una llamada. Yo estaba junto a una ventana abierta y escuché claramente: —Arturo, liberen la línea bancaria solo después de que firme el administrador independiente… Sí, los tres mil millones fueron autorizados por el consejo… Mauricio Rivas todavía está en Puebla. No hagan nada. Quiero ver hasta dónde llega su mentira. Cuando regresó, lo enfrenté. —¿Qué administras exactamente? Gael se sentó frente a mí. —Fundé Grupo Horizonte Norte. Sentí que el piso desaparecía. Todo México empresarial conocía aquel nombre. Carreteras, centros logísticos, desarrollos industriales, terminales de carga. —¿Gael Ortega? ¿El fundador? —Sí. —¿Eres multimillonario? —El valor de una empresa no significa que tenga todo ese dinero en el bolsillo. —No juegues conmigo. Me levanté furiosa. —Podías detener mi humillación con una llamada. —Sí. —Y no lo hiciste. Gael bajó la mirada. Durante meses había investigado un desvío de dinero dentro de su grupo. Las operaciones lo habían llevado hasta una empresa relacionada con Lorena y hasta Mauricio Rivas. Para descubrir quién participaba voluntariamente, Gael se había instalado en la región fingiendo ser un trabajador sin recursos. Doña Amalia había conocido a mi madre y le había hablado de mí. —Cuando supe que Lorena pretendía casarte conmigo para deshacerse de ti, acepté porque pensé que podría protegerte. —¿Protegiéndome mientras observabas cómo se reían? —Me equivoqué. —No. Me pusiste a prueba. Guardó silencio. Eso fue suficiente. Tomé mis cosas y me fui a dormir a casa de doña Amalia. Al día siguiente Gael llegó con una carpeta. —Yo hice el depósito que impidió que el banco congelara las cuentas de la fábrica. —¿Por qué salvar a mi padre después de lo que hizo? —Porque quinientos trabajadores no tienen por qué pagar por lo que él te hizo. Abrió la carpeta. Allí estaban los documentos de Mauricio: autos rentados, fotografías de proyectos ajenos, deudas millonarias, créditos vencidos y propiedades que nunca habían sido suyas. Mientras tanto, en Puebla, Mauricio se atribuía públicamente el rescate de la fábrica y preparaba su propuesta de matrimonio a Fernanda. Pero Gael tenía otra carpeta. Cuando intenté abrirla, puso una mano encima. —Ésta es sobre tu madre. —Quítala. —Daniela, lo que encontramos cambia quién es realmente dueño de la fábrica. Sentí que el corazón me golpeaba el pecho. Entonces doña Amalia apareció con una vieja caja metálica. —Y antes de que leas esos documentos —dijo—, debes saber que llevo catorce años guardando una carta que tu madre escribió para ti. Aquella noche descubrí que mi expulsión de casa no había empezado por Mauricio. Había comenzado el día en que murió mi madre. Y lo que Lorena había ocultado durante catorce años estaba a punto de destruir toda la versión de mi familia.

ME ENCANTARÍA LEER SUS COMENTARIOS ANTES DE CONTINUAR CON LA PARTE 3.

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