—Tu madre está descansando.
—Tu madre no puede hablar ahora.
—Todo está bien, cariño. No te preocupes.
Al principio, no le di demasiada importancia.
Hasta el martes pasado.
A las once de la mañana, mi madre me llamó.
Su voz era tan débil que apenas la reconocí.
—Sarah, ¿puedes venir mañana? Pero, por favor, no se lo digas a tu padre.
El corazón empezó a latirme con fuerza.
—Mamá, ¿qué pasa?
Se quedó callada durante unos segundos.
Entonces empezó a llorar.
—Cariño, tengo miedo.
Esas tres palabras todavía resuenan en mis oídos. Mi madre era una mujer que nunca se quejaba, ni siquiera en los momentos más difíciles.
—¿De qué tienes miedo, mamá?
—Tu padre no me deja ir al médico.
Me quedé paralizada.
—¿De qué estás hablando?
—Llevo dos meses sin sentirme bien. A veces me mareo y todo se vuelve oscuro delante de mis ojos. Quiero que me hagan unas pruebas, pero cada vez que lo menciono, tu padre dice que no hace falta.