Mi padre continuó.
—Daniel era un hombre orgulloso. Sabía que su familia jamás aceptaría caridad. Así que enviábamos el dinero de forma anónima a través de una fundación.
—¿Durante treinta años?
—Sí. Al principio era para comida y ropa. Después, para los estudios de las niñas. Más tarde, para la universidad. Y cuando su madre enfermó, ayudamos a pagar su tratamiento médico.
Bajé la mirada hacia los recibos.
Treinta años.
Todos los meses.
Sin faltar ni una sola vez.
—Pero ¿por qué mamá siempre lloraba?
Mi madre sonrió entre lágrimas.
—Porque cada vez que enviaba ese dinero, recordaba a aquellas tres niñas. Y pensaba en lo injusto que era que tuvieran que crecer sin su padre.
Me volví hacia mi padre.
—Entonces, ¿por qué no querías que me enterara hoy?
Abrió un cajón y sacó otro sobre.