Yo te prometí que algún día te llevaría.
Pero después ocurrió el accidente.
Y entre hospitales, medicinas, cuentas y responsabilidades, aquel sueño quedó olvidado.
Al menos eso creías tú.
Yo nunca lo olvidé».
Mamá dejó escapar un sollozo.
—Gabriel…
La carta continuaba.
«Dentro de esta caja encontrarás los documentos de una cuenta que abrí para ti.
No es una fortuna.
Pero es suficiente para que puedas hacer ese viaje con nuestros hijos y disfrutarlo sin preocuparte por el dinero.
Quiero que conozcas el mar, mi ángel.
Quiero que camines por la playa.
Que veas un amanecer sobre el agua.
Que comas lo que se te antoje.
Y que, por una vez, pienses solamente en ti.
Durante tantos años cuidaste de mí y de nuestros hijos.
Ahora quiero que aprendas a dejarte cuidar.
Pero hay algo todavía más importante que necesito decirte.