Así la llamó durante el resto de su vida.
Mi madre trabajaba cosiendo ropa para ayudar con los gastos.
Papá aprendió a reparar pequeños aparatos electrónicos desde su silla de ruedas.
Juntos lograron mantener nuestra casa.
Los años pasaron.
Contra muchas expectativas médicas, papá siguió viviendo.
Cuando yo tenía cuatro años nació mi hermana Lucía.
Tres años después llegó nuestro hermano menor, Andrés.
Los médicos habían advertido que algunas consecuencias del accidente podían dificultar que mis padres tuvieran más hijos.
Pero nuestra familia terminó siendo de cinco.
Papá decía que nosotros éramos sus tres milagros.
Y que mamá era el ángel que había hecho posibles todos ellos.
Crecimos viendo un amor que no se parecía al de las películas.
No había viajes caros.
Ni cenas elegantes.
Ni grandes regalos.
Había noches en que mamá ayudaba a papá a pasar de la silla de ruedas a la cama.