Grigori lo interpretó como un ataque y escribió que yo estaba utilizando mis conocimientos financieros para castigarlo por una sola frase desafortunada pronunciada en casa.
Solo respondí una vez: mis conocimientos estaban protegiendo ahora la transparencia de unos fondos que nos pertenecían a ambos y que sostenían a nuestra hija cada día.
Al cabo de un mes quedó claro que el problema del matrimonio era más profundo que el dinero, porque incluso en terapia Grigori seguía hablando de mi maternidad como de una pérdida.
Echaba de menos mis viajes de trabajo, las cenas caras, los fines de semana libres y a la mujer que podía reorganizar toda su vida alrededor de su horario.
La psicóloga le preguntó qué había cambiado en su propia vida después del nacimiento de Ivana, y durante mucho tiempo no pudo mencionar nada importante.
Seguía trabajando las mismas horas, viendo a sus amigos, yendo al gimnasio y durmiendo por las noches mientras el bebé se despertaba al lado.