Jimena no me habló en diez días. Luego me marcó llorando desde el coche, mientras esperaba afuera del ballet de Sofía, porque no alcanzó a llegar a su junta de proveedores.
“Leonor, no sabía que era tanto.”
“Lo sé”, le dije. “Por eso no se veía.”
“Mi mamá… mi mamá cobra $28,000 al mes y ni siquiera vino a cuidar a los niños cuando le pedí que te cubriera. Me dijo que eso no era parte de su consultoría.”
“Su tiempo tiene precio, Jimena. El mío también. Solo que yo nunca se los puse.”
Hubo un silencio largo.
“¿Vas a regresar?”
“No como antes.”
Llegaron los tres un domingo. Sin binder. Sin tabla. Con una caja de pan de Masa Canela. Sofía y Mateo corrieron a abrazarme.
Jimena traía ojeras. Emiliano también.
“Queremos pedirte perdón”, dijo Jimena. “Te vimos como apoyo y se nos olvidó que eres familia. Y que la familia también cansa, también tiene su vida.”