Viernes en la noche: cuidar a los niños.
Sábado todo el día: entregas de la panadería.
Sábado en la tarde: otra vez los niños.
La miré fijo a Jimena.
Asentí despacio.
Y le dije: “Tienes toda la razón.”
Casi se decepcionó de que no le contestara.
Me llamo Leonor Herrera. Tengo 64 años. Viuda desde hace cinco. Y hasta esa semana, yo nunca me había considerado una persona que lleva cuentas con su familia.
Seis semanas antes, mi hijo Emiliano me había llamado. “Mamá, ¿te puedes venir un tiempo mientras Jimena abre la panadería? Nos hace mucha falta.”
Su hija Sofía tiene nueve. Mateo tiene seis. Los adoro con toda mi alma.
Mi casita de tabique en Cholula, a dos horas de Puebla, se había quedado terriblemente silenciosa desde que mi esposo Raymundo se fue. El reloj del pasillo sonaba más fuerte. El refri parecía que nunca paraba. A veces dejaba la tele prendida mientras doblaba ropa solo para sentir que había alguien más.