Me giré y agarré la manija metálica.
No se movía.
Durante un terrible segundo, mi mente se quedó completamente en blanco.
Entonces volví a mirar a mi padrastro.
Seguía de pie junto a la piscina.
Solo.
—¿Dónde está mi madre?
Parecía más cansado que enfadado, pero eso no me hizo sentir mejor.
—Ven a sentarte.
—No.
Mi voz salió más cortante de lo que esperaba.
—¿Dónde está?
Suspiró y se pasó una mano por la cara.
—No va a venir.
Lo miré fijamente.
—¿Cómo que no va a venir? Me dijiste que ya estaba aquí.
—Lo sé.
Sentí un nudo en el estómago.
—Entonces me mentiste.
Apartó la mirada.
—Sí.
Saqué inmediatamente mi teléfono.
—Me voy.
—La puerta se bloquea automáticamente.
—Entonces ábrela.
—Lo haré. Pero, por favor, escúchame primero.
Sentía el corazón golpeándome el pecho.

Todo aquello estaba mal.
—Podrías haberme llamado.
—No habrías venido.
—Eso debería haberte dicho algo.
No respondió.
Me alejé más de él, manteniendo varias sillas entre nosotros.
—¿Por qué me trajiste aquí?
Se sentó lentamente.
—Porque tu madre y yo nos estamos separando.
Por un instante pensé que había oído mal.
—¿Qué?
—Nos vamos a divorciar.
En realidad, me reí.
No porque fuera gracioso.
Sino porque aquella frase sonaba absurda viniendo de él.
Mi madre y mi padrastro llevaban juntos casi doce años.
A veces discutían, claro.
Pero jamás había imaginado que se divorciarían.
—Mamá me lo habría contado.
—Quería hacerlo.
—Entonces, ¿por qué no lo hizo?
—Porque seguía esperando que pudiéramos arreglar las cosas.
Lo miré fijamente.
—¿Dónde está ahora mismo?
—En casa de tu tía.
Llamé inmediatamente a mamá.
No respondió.
Mi desconfianza regresó.
—No contesta.
—Probablemente no quiera hablar ahora mismo.
—¿Por qué?
Vaciló.
Y aquella vacilación me dijo que había algo más.
—¿Qué pasó?
Miró hacia el agua.
—Tuvimos una pelea esta mañana.
—¿Por qué?
Permaneció en silencio.
De repente recordé el extraño mensaje de mamá.

Todo está bien. Nos vemos mañana.
—Tú enviaste ese mensaje desde su teléfono, ¿verdad?
Me miró.
—Sí.
Sentí un escalofrío recorrerme el cuerpo.
—¿Usaste su teléfono?
—Lo dejó en casa.
—¿Y pensaste que fingir ser ella era normal?
—No. Pensé que era la única forma de conseguir que vinieras.