PARTE 1
—Si te casas con esa mujer, vas a terminar sin negocio, sin departamento y, si no abres los ojos, quizá hasta sin vida.
Teresa soltó aquella frase una semana antes de la boda de su único hijo.
Diego dejó la taza de café sobre la mesa y la miró como si acabara de escuchar a una desconocida.
—Mamá, basta. Valeria no es una delincuente. Es la mujer que amo.
Mientras tanto, al otro lado de la Ciudad de México, Valeria estaba en una boutique de vestidos de novia con sus mejores amigas. Entre copas de vino espumoso y bromas nerviosas, intentaba disfrutar de los últimos preparativos.
—¿Tu suegra sigue pensando que quieres robarle a Diego? —preguntó Mariana.
Valeria soltó una carcajada.
—Según ella, estoy detrás de su fortuna.
—¿Cuál fortuna?
Todas rieron.
Diego tenía un pequeño local de flores heredado de su padre, una camioneta de ocho años y un departamento de una recámara que todavía estaba pagando. Lo irónico era que Valeria ganaba más que él.
Lo que Teresa ignoraba era que el negocio de las flores estaba lleno de deudas.
También ignoraba otra cosa mucho más importante.
Diego estaba a punto de venderlo.
—El local fue de tu padre —protestó Teresa cuando él se lo confesó—. ¡Yo lo mantuve vivo durante años para entregártelo!
—Y te lo agradezco, pero ya no quiero vivir una vida que tú elegiste por mí.
La discusión se volvió insoportable.
Diego finalmente reveló que utilizaría el dinero restante para iniciar un proyecto nuevo, aunque se negó a explicar cuál.
Eso aumentó todavía más las sospechas de Teresa.
—Seguro fue idea de Valeria.
—Valeria no necesita mi dinero.
—Eso dicen todos antes de que los desplumen.
Diego se marchó furioso.
Lo que él no sabía era que la desconfianza de Teresa tenía un origen muy concreto.
Meses atrás, durante una comida familiar, Valeria había dejado su celular sobre la mesa mientras iba al baño. Teresa no acostumbraba revisar cosas ajenas, pero la pantalla se encendió con una notificación.
Había archivos abiertos.
“Cómo provocar una muerte que parezca accidental”.
“Venenos difíciles de detectar”.
Y uno cuyo título le congeló la sangre:
“La suegra y el departamento”.
Desde aquel día, Teresa dejó de ver a Valeria como una muchacha amable.