—Yo tardé once meses en comprar esa bicicleta.
Rogelio no respondió.
—Trabajé sábados. Dejé de comprar cosas. Guardé cada peso que podía.
La voz de Mateo se quebró ligeramente.
—Cuando la aplastaste, yo pensé que lo peor era perderla.
Respiró.
—Pero después entendí que lo peor era que un adulto pudiera hacer algo mal y creer que, con suficiente mentira, todos terminarían aceptándolo.
Nadie dijo nada.
Mateo puso la carpeta sobre la mesa.
—No quiero tus dos mil quinientos pesos.
Rogelio frunció el ceño.
—Entonces, ¿qué quieres?
—Que pagues lo que realmente dañaste.
Dos días después ocurrió algo que no esperaba.
Rogelio llamó a mi puerta.
Solo.
Sin gritos.
Sin amenazas.
Traía un sobre.
—Quiero terminar con esto.
No lo invité a entrar.
—Habla.
—Pago la bicicleta completa.
—La cotización está ahí.
—Lo sé.
Me entregó un documento con una propuesta por escrito para cubrir los 12,000 pesos correspondientes al valor acreditado de la bicicleta, a cambio de dejar resuelto exclusivamente ese daño.