Mi vecino llevaba semanas vigilando un auto gris y una noche me dijo: “Confía en mí, saca a la niña de tu casa a las diez”. Desde su ventana vi a mi hijo entrar, desordenar mis medicamentos y colocar botellas alrededor de mi mesa mientras otro hombre bajaba al sótano. No llamé a mi hijo; marqué a la policía cuando descubrí el verdadero plan.

PARTE 1

—A las diez en punto, toma a Sofía y cruza a mi casa por la puerta lateral. No enciendas ninguna luz y, por lo que más quieras, no le avises a nadie.

Don Clemente me dijo aquello bajo una lluvia tan fuerte que el agua le escurría por el sombrero y le caía por la barbilla. Eran las 9:52 de la noche.

Yo me llamo Roberto Salazar, tengo 63 años y durante treinta años fui director de una secundaria pública en Guadalajara. Creí que después de lidiar con adolescentes, padres furiosos, maestros agotados y cientos de problemas familiares había aprendido a reconocer cuando alguien mentía.

Me equivoqué.

Y casi pagué ese error con la vida de mi nieta.

Sofía tenía siete años. Su mamá, mi hija Laura, había muerto dieciocho meses antes en un accidente automovilístico cuando regresaba de una cita que, durante todo ese tiempo, yo había creído que era conmigo.

Eso me había destruido.

Mi hijo mayor, Alejandro, fue quien me lo dijo después del funeral.

—Laura salió porque tú le mandaste un mensaje, papá. Me dijo que necesitabas unos papeles de la casa.

Yo no recordaba haberle escrito.

Pero estaba tan destrozado que terminé creyendo que quizá lo había hecho y simplemente mi mente lo había borrado.

Desde entonces cargué con la culpa.

Laura había dejado por escrito que, si algo le ocurría, Sofía debía quedarse conmigo. También dejó cerca de veintiocho millones de pesos entre ahorros, seguros y un fideicomiso destinado exclusivamente a la educación, salud y futuro de su hija.

Alejandro no tenía ningún control sobre ese dinero.

Al principio pensé que eso no le importaba.

Después del funeral, él y su esposa, Verónica, comenzaron a visitarnos cada semana.

Traían comida, juguetes, ropa para Sofía.

Y sugerencias.

Muchas sugerencias.

—Papá, ya no tienes treinta años —me decía Alejandro con aquella voz tranquila que confundí con preocupación—. Sofía necesita una familia completa. Dos adultos. Una rutina. Nosotros podemos darle eso.

Siempre contestaba lo mismo.

—Laura decidió que su hija viviría conmigo.

Entonces empezaron las cosas extrañas.

Llamadas después de las nueve y media de la noche desde números desconocidos.

Un sedán gris estacionado cerca de mi casa.

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