Nadie quiso ayudarme cuando quedé sola con cuatro hijos, así que aprendí a aprovechar hasta los muebles abandonados. Un día llevé a casa un armario antiguo cerrado con llave. “Si hay algo raro dentro, lo tiramos”, dijo mi hijo. Yo asentí y esperé varias semanas para abrirlo; lo que encontré parecía una escena criminal… pero una carta y unas muñecas de valor incalculable revelaban otra historia.

Muchos visitantes creían que la frase se refería al armario.

Los hijos de Mariana sabían que hablaba de ella.

Años después, durante una conferencia, alguien le preguntó si consideraba que encontrar aquel mueble había sido suerte.

Mariana pensó unos segundos antes de responder.

—El armario fue suerte. Lo demás fueron decisiones.

—¿Qué quiere decir?

—Podía haber vendido las muñecas. Podía haber ignorado a su dueño. Podía haber rechazado la invitación del maestro. Podía haber dejado de practicar cuando mis primeras manos de arcilla parecían papas deformes. Podía haberme rendido cuando mi esposo murió. Podía haber creído a quien me dijo que yo había destruido a mi familia.

Sonrió.

—La suerte abre algunas puertas. Pero uno decide si entra.

En primera fila estaban sus cuatro hijos.

Y también doña Beatriz.

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