PARTE 2
Rodrigo ordenó iniciar azul de Prusia de inmediato para Elena y Camila. Les explicó que era un antídoto usado para atrapar el talio en el intestino y ayudar al cuerpo a eliminarlo. Elena apenas escuchaba. Miraba sus manos, sus uñas, los mechones de cabello en la almohada. —Entonces mi corazón no estaba muriendo por sí solo —murmuró. —Está enfermo —respondió Rodrigo—, pero la causa puede ser la intoxicación prolongada. Y eso cambia todo. Camila, desde la camilla de al lado, levantó la cara. —¿Mamá se va a curar? —Vamos a hacer todo para que sí. La niña asintió, satisfecha con una respuesta sencilla. Luego dijo: —Ignacio decía que mamá pronto iba a irse con mi papá al cielo. Elena giró la cabeza. —¿Qué? —Me decía que yo tenía que portarme bien porque después íbamos a quedarnos solos él y yo. A Elena se le quebró la respiración. Rodrigo no dijo nada. No hacía falta. Una hora después llegaron dos agentes de la Fiscalía de Jalisco. La investigadora principal, Marcela Torres, pidió los frascos, las recetas y el expediente clínico. Patricia Robles intentó detenerla desde su oficina. —Esto es un absurdo. Están destruyendo la reputación del hospital por una prueba preliminar. Marcela dejó sobre el escritorio una copia del registro de la farmacia. —La farmacia que preparó estos frascos pertenece al primo de Ignacio Salgado. Por primera vez, Patricia perdió color. —Eso no prueba que yo supiera nada. —Tampoco encontramos ecocardiogramas de Elena en el servidor —dijo Rodrigo—. Dos años de supuesta cardiomiopatía y ni un solo estudio guardado. —Estaban en archivo externo. —No. Patricia clavó los ojos en él. Rodrigo continuó: —Revisé los electrocardiogramas. Bradicardia, alteraciones compatibles con intoxicación. Y aun así usted escribió “progresión de insuficiencia cardiaca”. Marcela abrió una carpeta. —También hablamos con el notario. Recuerda perfectamente que usted estuvo presente cuando Elena firmó su testamento. Patricia guardó silencio. —Recuerda otra cosa —añadió Marcela—. Ignacio Salgado no estaba tomado de la mano de su esposa aquel día. Estaba tomado de la suya. El silencio se volvió espeso. Rodrigo vio cómo la doctora bajaba los ojos. —Yo lo amaba —dijo por fin. Nadie respondió. —Lo conocí años antes que Elena. Me dijo que su matrimonio era un error, que necesitaba tiempo, que cuando todo terminara estaríamos juntos. —¿“Todo” qué? —preguntó Marcela. Patricia apretó la mandíbula. —Yo no sabía que quería matar a la niña. Rodrigo dio un paso hacia ella. —Pero usted le recetó las gotas. —Él me dijo que eran vitaminas. —Usted es cardióloga. Vio a una niña con alopecia, debilidad y dolores en las piernas. Vio a la madre empeorar mientras seguía tomando exactamente lo que usted prescribía. Patricia se quedó inmóvil. Marcela habló sin elevar la voz: —Doctora, póngase de pie. Al mismo tiempo, en terapia intensiva, Ignacio seguía inconsciente. Pero el teléfono incautado por la Fiscalía ya había revelado mensajes borrados. Uno de ellos, recuperado de una copia automática, estaba enviado por Ignacio a Patricia tres meses antes: “Primero ella. Después la niña. Sin prisa. Tiene que parecer natural.” Había otro. “Cuando Elena firme la modificación del fideicomiso, aceleramos.” Y un tercero, mucho más antiguo, dirigido al dueño de la farmacia: “Mis mismas concentraciones. Dos frascos distintos. El de la pequeña, la mitad.” Marcela leyó los mensajes frente al jefe médico. El hombre se sentó como si le hubieran quitado la fuerza de las piernas. —Esto va a hundirnos. Rodrigo lo miró. —No. Lo que los habría hundido era ocultarlo. Entonces llegó un nuevo informe. El laboratorio había comparado una muestra de cabello de Elena con otra guardada en una revisión de hacía dieciocho meses. Los niveles de talio eran antiguos, repetidos, constantes. No se trataba de un intento reciente. No era una crisis repentina. Alguien había estado envenenándola desde pocas semanas después de su boda. Marcela levantó la vista del informe. —Hay una cosa más. Rodrigo sintió que la habitación se enfriaba. —¿Cuál? —El primer marido de Elena murió ahogado en el lago de Chapala. Ignacio estaba con él ese día. Elena, desde la puerta, alcanzó a escuchar esa frase. Y el grito que lanzó hizo que todo el pasillo se quedara en silencio.
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