El nuevo director de la secundaria y la comunidad escolar organizaron un homenaje en el patio central. Cientos de alumnos y exalumnos llenaron el lugar para aplaudirle de pie. En el rincón más querido de la escuela colocaron una placa de bronce con una banca de hierro que decía:
«A José “Don Chema” Hernández. Porque hay quienes enseñan con libros… y quienes nos enseñan a vivir con su ejemplo.»
Una niña de primer año se acercó tímidamente a Don Chema y le extendió un dulce de menta:
—Mi mamá me dijo que usted siempre le regalaba un dulce cuando la veía llorar de chiquita.
Don Chema tomó el caramelo, conmovido, y sonrió:
—Pues hoy me hacía falta a mí, mija. Muchas gracias.
Al salir de la escuela tomado del brazo de Sofía, Valeria y Lucía, Don Chema comprendió la verdadera dimensión de su vida. Nunca tuvo un gran sueldo ni títulos universitarios colgados en la pared, pero había recogido de la orfandad y la pobreza a tres niñas a las que crió con honradez y amor puro. Y aquel día, el país entero se enteró de que el conserje humilde era el hombre más rico del mundo: tenía a su lado a una familia que jamás permitiría que la injusticia le arrebatara su dignidad.