die abandonó la biblioteca.
Los hombres armados bloquearon cada puerta.
El silencio pesaba más que las armas.
Gabriel seguía sujetando mi muñeca con una fuerza sorprendente para alguien que, unos minutos antes, estaba al borde de la muerte.
Sus ojos grises permanecían clavados en los seis puntos negros dentro de la bandeja metálica.
—¿Qué son exactamente? —preguntó.
Respiré despacio.
—No soy médica.
Solo sé lo que vi durante años en la fábrica donde trabajaba mi madre.
Tomé uno de los cordones con unas pinzas.
—Esto no es hilo quirúrgico.
Es un cordón industrial tratado con resinas químicas para maquinaria textil.
No está diseñado para permanecer dentro del cuerpo humano.
El doctor Cole negó con violencia.
—¡Eso es absurdo!
Gabriel giró lentamente la cabeza.
—¿Entonces explíqueme cómo llegó ahí?
El cirujano abrió la boca.
No encontró respuesta.