Firmé los documentos que me presentó.
Y nunca volví a preguntar.
Ahora, diez años después, aparecía una cuenta vinculada a aquella empresa.
Una cuenta
que supuestamente ya no existía.
A la mañana siguiente llamé a Margaret Sullivan, una abogada especializada en asuntos familiares y patrimoniales.
Le conté todo.
Escuchó sin interrumpirme.
Después hizo una pregunta.
—Carol, ¿conservas los documentos de la herencia de tu padre?
—Creo que sí.
—Tráelos. Y no firmes nada nuevo que Mark te presente.
Aquella tarde revisamos las carpetas antiguas.
Margaret encontró una referencia a un fideicomiso familiar.
Sus beneficiarios éramos Daniel y yo.
Pero alguien había estado administrándolo durante años.
Mark.
—Carol, necesitamos verificar estas operaciones —dijo Margaret—. Podría haber irregularidades importantes.
Sentí que me faltaba el aire.
—¿Mi esposo ha estado utilizando la herencia de mi padre?
—Todavía debemos comprobarlo.
Me cubrí el rostro.